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Prefiere morir sana que llegar a vieja: Jacqueline de 76 años reclama el suicidio asistido



Jacqueline Jencquel tiene 76 años, no padece ninguna enfermedad terminal, no sufre mucho dolor, pero si le preguntas que elija entre ser vieja, o morir: "Prefiero morir", dice.

Esta afirmación no se trata tan solo de un deseo abstracto, la francesa milita por su derecho a morir desde hace diez años.


En agosto de 2019, Jencquel manifestó su intención de someterse a un suicidio asistido. Su plan era viajar a Suiza en enero de 2020, donde la práctica es legal desde 1942, y terminar su vida administrándose una medicación letal.

Cuando llegó enero, Jencquel pospuso su fecha inicial de muerte y se concedió unos seis meses más de vida: "Quiero ver otra primavera", dijo entonces a Euronews, "pero sucederá antes de que empiece el verano, no quiero vivir otra ola de calor".

En medio de la pandemia del COVID-19, lo aplazó de nuevo: "Esperaré al final del año, tendré un nuevo nieto en noviembre y quiero conocerlo".

Haz clic en el reproductor de vídeo de arriba para ver nuestra entrevista exclusiva con Jencquel, discutimos sobre el significado de la vejez, despedirse de la familia, la pérdida de la belleza y la imposibilidad de enamorarse a los 76 años.

Jacqueline milita por los enfermos terminales y aquellos que sufren mucho dolor, pero también por aquellos que simplemente se han cansado de vivir después de cierta edad.

En concreto, campaña por un concepto al que le llama "suicidio racional de la vejez", el cual tendría sentido para alguien que ha alcanzado "una cierta edad" y que ha discutido el caso con un psiquiatra.

Ganó popularidad como defensora de la causa después de que un periódico suizo encontrara su blog "La vieillesse est une maladie incurable" (La vejez es una enfermedad incurable).

"No tengo una buena salud, tengo osteoporosis, soy muy frágil y tengo un problema estomacal. Y tengo muy claro que no va a mejorar", dice.

"¿Qué es este tabú alrededor de la muerte? Quiero decir, somos mortales, ¿no? Lo que sí es una opción es el sufrimiento antes de morir. Y ya no veo ningún propósito y significado en mi vida".

El debate de Jencquel es prematuro, dice el doctor Vianney Mourman, médico de cuidados paliativos del Hospital Lariboisière de París.

Mourman piensa que los esfuerzos deberían focalizarse en detener el deseo de muerte, no en la discusión de su legislación.

"Es una cuestión de prioridades: existe una necesidad imperativa de fortalecer el lugar y los medios de los cuidados paliativos en la práctica médica y en la sociedad. Esto garantizaría que el uso del suicidio asistido se reservara sólo para excepciones", dice.

De acuerdo a Mourman, es normal que las personas que sufren dolor extremo soliciten la muerte, "pero a menudo, cuando se les alivia este dolor, el deseo de muerte desaparece".

Irónicamente, Jencquel es una mujer muy alegre: flamenco a todo volumen nos da la bienvenida a su elegante apartamento del 7º arrondissement de París. El piso es la antigua casa del célebre artista colombiano Fernando Botero.

Jencquel es rica, y piensa que la vejez nos deja con tres alternativas dependiendo de los medios económicos de cada persona: "Si la gente tiene dinero, contratan a alguien para que los cuide. Se quedan en casa. Si no tienen dinero, tienen la opción de vivir con sus hijos".

La última opción, dice, es un asilo de ancianos, "y no hay nada más deprimente que eso".

Jencquel dice que debe decidir antes de que alguien más lo haga en su nombre, "porque estadísticamente, la mayoría de la gente de mi edad ya no está bien".

En 2018, el número de años de vida saludable en la UE se estimó en 64,2 años para las mujeres y 63,7 para los hombres, según Eurostat.
¿Cuáles son los argumentos contra la muerte asistida?

Los críticos dicen que la práctica le quita valor a la vida, en particular la de las personas con una enfermedad terminal; que es incongruente con el papel de los médicos como sanadores; y que los límites son un terreno resbaladizo.

También está la cuestión de los diagnósticos inexactos, los cuales podrían conducir a la muerte de una persona sana por error. Y además el hecho de que el juicio de los pacientes enfermos podría estar nublado por el dolor o la fatiga de la enfermedad.

"Muchos de los pacientes que ya no quieren vivir por el dolor que padecen, no han tenido ningún acceso real a los medios para aliviarlo", dice Mourman.

Por supuesto, no es posible aliviarlos de todo su dolor, pero mucho se puede hacer con los cuidados paliativos, añade, "y en cualquier caso, en lugar de decir: "¿Estás sufriendo? Entonces te ayudaremos a terminar con tu vida". Deberíamos decir: "¿Estás sufriendo? ¿Qué podemos hacer para aliviarte?"

"Cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero de ahí a introducir la ayuda estatal en el acto de suicidio es otra historia".

A esta premisa, Jencquel responde: "Sí, por supuesto, puedo tirarme por la ventana. Puedo tirarme debajo de un tren. Pero ¿Quiero hacer que el tren se detenga porque me he lanzado sobre los rieles? ¿Quiero saltar por la ventana y ofrecer la vista de mi sesos y mis tripas esparcidas?"

"Es violento", insiste, y "es una terrible carga para mis hijos". Es mucho más fácil si saben que voy a ir en mis propios términos, en el momento que quiero."

Mourman dijo a Euronews que cree que la retórica de Jencquel es contraproducente para la causa.

"Si ella estuviera muy enferma y dijera: 'estoy sufriendo mucho y nada me alivia, por humanidad, por favor ayúdeme a terminar con mi vida'. El discurso no sería el mismo".

Mourman insiste en que sólo una vez que se haya dado camino para aliviar el sufrimiento, sin éxito, se podría "quizás imaginar la posibilidad de ofrecer el suicidio asistido". Pero para alguien que no está enfermo y que tiene un futuro, "no podemos y no debemos permitirlo: es romper un tabú que pone en riesgo a la sociedad", reitera.

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